Lo prometí hace mucho tiempo... y aquí llega el cuarto capítulo ^-^ aunque ahora lo lee menos gente... pero bueno :)
Tengo unos cuantos de dibujos que subir, pero como se ha roto la cámara y está en reparación... A ver si consigo subir unos pocos.
Tengo unos cuantos de dibujos que subir, pero como se ha roto la cámara y está en reparación... A ver si consigo subir unos pocos.
IV
Se despertó sobresaltado. Había dormido apenas una hora y aun estaba realmente cansado. Se levantó de la cama de un salto (lo cual le produjo un leve dolor de cabeza momentáneo) y se sacudió la ropa, mientras echaba una rápida ojeada al aspecto del cuarto. Los cachivaches tirados por el suelo, los libros desparramados por la mesa y todo en un caótico desorden no le daban muy buen aspecto a la habitación. Suspiró y cerró de nuevo los ojos, mientras susurraba unas palabras en aquel otro idioma. Cuando abrió los ojos, después de unos instantes, todas las cosas estaban bien colocadas, en orden. Sonrió con suficiencia y miró por la pequeña ventana, buscando el reloj de la torre del cabildo. Eran apenas las cuatro de la tarde, y eso que habían comido tarde. Aun quedaban cuatro horas largas para la velada nocturna, pasatiempo que nunca le había hecho mucha gracia. Salió del cuarto y subió los pequeños escalones lentamente, hasta llegar al piso superior. Su madre llevaba preparando la mudanza desde hacía poco más de tres meses, por lo que las obras ya habían acabado y el amueblamiento de la residencia ya había concluido. En la planta superior había instalado una habitación muy moderna, con el techo todo de cristal. Eso era bastante caro y además iba en contra de toda lógica. Pero el cielo, por la noche, era un gran espectáculo. Aparte de que entraba muchísima luz. Esa habitación estaba atestada de libros, era la biblioteca-observatorio. Pues la señora había decidido comprar un aparatejo extraño, del cual juraban su procedencia oriental, que hacía ver más grandes las estrellas, los planetas y la Luna. Estaba ahí en medio, ocupando como dos personas grandes una al lado de otra, de ancho, y hasta el techo de alto. Eric se acercó a la ventana, y vio gran parte del pueblo, el camino, el bosque, la falda de la colina y… ¿una casa? Una casa abandonada, vieja. La miró con más interés, pero, al estar muy lejos, seguía sin ver casi nada. Entonces calló en la cuenta de que estaba ahí el aparato. Se acerco a él, sin saber manejarlo. Siempre era su madre la que lo manejaba. Miró por el pequeño agujero que tenía en la parte superior, y vio el cielo azul. Con una palanca que tenía a su lado movió el visor, hacia abajo, enfocando los tejados del pueblo. Lo fue girando lentamente hasta que vio la antigua casa. Resultó estar en mejor aspecto del que parecía. Aunque las hiedras subían por las paredes y los arbustos estuvieran en estado salvaje, el tejado estaba en perfectas condiciones. La observó un rato, hasta que vio movimiento en algunas cortinas. Antes no se había fijado, pero la oscuridad que aparentemente había en la casa no era más que cortinas oscuras. No logró ver a nadie dentro de la casa. Decidió que a la mañana siguiente se acercaría a ver aquella misteriosa casa… tenía algo que le llamaba la atención.
Abrió las puertas de cristales plomados con suavidad. Pese a que toda la casa chirriaba, los goznes de las puertas no emitieron sonido alguno. La brisa que hacía susurrar a las hojas de los árboles removió de nuevo el cabello de Caroline, haciéndole cosquillas en la cara. Desde aquel balcón, plagado de hiedras y lleno de hojas caídas, tenía una hermosa vista del pueblo. Todos los tejados brillaban con la luz del pasado mediodía y se veían los preparativos de la velada. Se apoyó en la balaustrada con los codos, mientras deslizaba la mirada por los campos y los bosques. Se levantó, abrazándose a sí misma en un intento de entrar en un poco de calor, pues se sentía muy fría. Echó un último vistazo y se metió dentro, cerrando tras sí. Se dirigió a la puerta que estaba más lejos de la escalera. La abrió cuidadosamente (aun dudaba de que estuviese sola en aquella casa) y se encontró dentro de una lujosa, aunque polvorienta, habitación para dos personas. La cama, alta y con dosel, el cual parecía desaparecer con un pequeño toque, estaban en la pared izquierda. Enfrente, una cómoda y un tocador. La alfombra parecía contener todo el polvo reconcentrado del mundo. Todo el cuarto estaba decorado en tonos claros, beige, blancos y dorados. Caroline se acercó al espejo, pero decidió que sería mejor no mirarse. Empezó a abrir los cajones de la cómoda, los cuales, para su sorpresa no estaban vacíos. Contenían camisas y pantalones de hombre, además de ropa interior de ambos sexos y algunos corsés. Recorrió la vista de nuevo por la habitación, encontrando un armario al lado de la cama, el cual desde la puerta no se veía, pues estaba pegado a esa misma pared. Lo abrió, pero se tuvo que agachar, pues unas polillas salieron de él. Cuando estuvo segura de que no quedaba ninguna más, miró dentro del ropero. De él colgaban vestidos, todos ellos de colores claros, amarillentos para ser más claros, casi completamente carcomidos por las polillas. Sacó uno, que debió de ser muy lujoso, y lo dejó encima de la cama. Las mangas, el cuello y prácticamente toda la falda tenían serios agujeros, interior y exteriormente. Ojeó algunos más, pero todos ellos estaban en un estado deplorable. La chica miró el suyo propio, que estaba manchado de tierra y… ¿sangre? Decidió no pensarlo y volvió a colocar los trajes en sus respectivos lugares. Abrió las cortinas dejando entrar más luz (pues éstas no eran oscuras, sino de encajes blanco-amarillentos) y salió de la habitación dejando la puerta abierta. La segunda era algo más estrecha, y tenía dos camitas, llenas de polvo. En las estanterías descansaban algunas muñequitas de trapo, y otras de porcelana china, preciosas con sus caritas blancas. Una casa de muñecas estaba en el suelo, y en la cómoda solo pudo encontrar ropa de niñas pequeñas. Aquella habitación de color malva y rosa le recordó a su infancia y salió apresuradamente, sin abrir las cortinas siquiera. La tercera habitación, en verdes, tenía una única cama para una única persona. El escritorio, lleno de papeles antiguos, tinteros secos y plumas, estaba justo enfrente de ésta. La ventana estaba encima de la cama, pues esta era la habitación más estrecha. El ropero guardaba trajes de hombre, pero joven. También comidos por las polillas. Todo aquello era muy extraño, como si hubiesen huido de la casa. Corrió las suaves cortinas de terciopelo verde y salió de la habitación. La penúltima era un cuarto, con menos polvo que el resto. La cama de matrimonio estaba como un poco peor hecha, y sobra la mesilla de noche se apreciaban restos de cera. Había también un pequeño escritorio, sobre el cual había un libro abierto. Fue hacia las cortinas, las corrió y se acercó de nuevo al escritorio. El libro tenía algo escrito, pues resultó ser un cuaderno… Helena Kellen y Jonas Dudorai estuvieron aquí malditos en… Fabio Sokellen tuvo la suerte de quedarse en esta casa… Lydia Jane Poll vivió aquí un año…. Había muchos, y todos ellos tenían una fecha. Por lo que aquella casa siempre había sido la utilizada para los malditos… por lo menos desde que había sido abandonada. De hecho… Lydia Jane le sonaba. No sabía a qué ni porqué, pero le recordaba… a la historia de la maldita a la que se había llevado la sombra por segunda vez. Aquella mujer había sufrido un segundo ataque y la sombra se la había llevado a la otra dimensión. Caroline cerró con cuidado el cuaderno-diario y salió de esa habitación, pensando que, aunque aquella siempre hubiese sido la que habían utilizado, ni se imaginaba quedarse en ella. Era demasiado… deprimente. Prefería quedarse en la habitación verde, por ejemplo. Salió del cuarto con una sensación de fantasmas a su alrededor, mientras se dirigía a la última puerta.
Eric agarró un abrigo y salió de la casa. Aunque empezaba el invierno no hacía mucho frío, pero la brisa soplaba con bastante fuerza. La plaza estaba abarrotada, los carpinteros terminaban de colocar los esqueletos de las carpas, y la banda practicaba una alegre canción. Notó como atraía las miradas, pero agachó la cabeza dejando que el pelo le tapara levemente la cara y se fue camino arriba. En realidad quería alejarse de su casa y pensar un poco. El camino parecía terminar en una granja, pero Eric sentía un rastro de magia… Se fijó más en el suelo y vio como una mancha oscura lo recorría, como si el albero se hubiese oscurecido. Acercó la cara al suelo, aunque al instante la apartó asqueado. Apestaba a cadáver en descomposición. Continuó andando, hasta que encontró con una piedra a mitad de camino. Ésta parecía haberse caído del muro, pero a su alrededor… había un reguero de… sangre… Subió el muro después de haber pasado la roca con aprensión, y continuó hasta la granja. Ésta debía ser bastante lujosa, porque había un ir y venir constante de gente. Parecía también estar preparando la Fiesta de Invierno (no entendía cómo una fiesta tan importante se dejaba para el último momento), haciendo pasteles y adornos de telas. Una chica embarazada, de unos dieciocho años, estaba sentada en un banquito de piedra debajo de una ventana que daba a la cocina. Estaba tejiendo algo, pero tenía la mirada triste y perdida. A veces miraba hacia los lados, como esperando ver a alguien, pero dejaba caer los ojos de nuevo. Entonces descubrió a Eric y se acercó a él, con una sonrisa triste en los labios.
‒ Buenas tardes. ¿Qué le trae por aquí?
‒ Buenas. Pues he seguido el camino y de repente he aparecido aquí. Aunque veo que la fiesta os mantiene muy ocupados.
Una sombra cruzó por los ojos de la chica, pero pareció sobreponerse.
‒ Sí… es algo muy importante… ‒ el deje triste de su voz hizo que Eric alzara una ceja ‒.
‒ ¿Qué le ocurre? ‒ se atrevió a preguntar, cosa extraña en él, pues siempre había sido bastante reservado ‒.
‒ Oh nada… esta mañana… ha muerto mi mejor amiga…
Me parece que lo hago demasiado... descriptivo... bueno, espero que os guste ^^




